Escritura como metáfora de vida: entrevista a Ricardo Menéndez Salmón

19 de enero de 2008, 13:24

Uno de los escritores más reconocidos de esta región da el salto a la edición nacional con La ofensa, publicada por Seix Barral. Pero para saber que Menéndez Salmón es un autor con una voz y una fuerza excepcionales no hacen falta ni el recuento por su obra pasada ni el elogio desmedido de la presente; en tal caso son síntomas de una de las escrituras más dignas y sólidas de una narrativa actual que adolece, en muchos casos, de ambas características: algo que contar y elegancia para saber hacerlo.

P.- Segunda edición de La ofensa, traducciones al francés en editoriales históricas, el elogio de la crítica... ¿Cómo encaja un escritor de palabras medidas hasta el extremo tanta efusividad?
R.- Padeciendo un dulce vértigo. Siempre he cultivado cierta escuela de la timidez, que no se compadece ni de un ruido excesivo ni de una excesiva visibilidad, así que la resonancia de todo este asunto me tiene un tanto trastornado. Lo que no significa, obviamente, que no me halague. No hay que confundir soberbia con orgullo.

P.- El horror de la guerra hace perder a Kurt la sensibilidad, lo separa de su cuerpo. Otro personaje lo llama «La Metáfora»; ¿de qué es metáfora La ofensa?
R.- Me atrevo a sugerir que La ofensa es metáfora de un siglo trágico, el veinte, en el que cierto adormecimiento moral se convirtió en premisa imprescindible para tolerar la disciplina del horror. La abdicación de Kurt es uno de los rostros que permiten que, entre tanto odio y locura, podamos seguir reproduciéndonos como especie o cultivando los jardines de Cándido. Conviene no olvidar cuál fue la actitud de Europa y de la Unión Soviética durante algún tiempo ante la política de Hitler. O la de las democracias occidentales tras la liquidación de la Segunda República en España.

P-. Horror, muerte, aniquilación de la vida en todos sus matices: eso aparece en las guerras, es el trasfondo de la novela. Pero queda un asidero, la dignidad. ¿Dignidad y escritura son herramientas de vida?
R-. La dignidad se supone universal; la escritura se me antoja excepcional. El hombre, sin la primera, no me interesa; la vida, sin la segunda, me resulta a veces intolerable. Digamos que, hablando en primera persona, trabajo por conquistar parte de mi cuota de dignidad a través de la escritura. O dicho de otra manera: considero que escribir puede ser una forma de dignificarse, como sujeto actuante y pensante.

P-. Están las referencias, enlazando con la pregunta anterior: ¿la lógica del superviviente, sumándole dignidad, nos presenta a Kurt como un «hombre absurdo» a la manera Camus?
R-. Camus opinaba que el primer eslabón de la absurdidad es aquél en que la cadena de los gestos cotidianos se rompe, aquél en que nuestro corazón, por emplear la imagen de la víscera que para Occidente contiene las emociones, es incapaz de recomponer el paisaje. Claro que a Kurt, en el devenir de La ofensa, no le asalta la tentación del hombre absurdo: el suicidio. Creo que, hasta cierto punto, su inocencia, nunca del todo perdida, le preserva de, por expresarme en términos de Améry, «levantar la mano contra uno mismo».

P-. Han hablado de Conrad, de Kafka, de Dostoievski, del propio autor francés, para referirse a usted. ¿Pesan o acompañan?
R-. El genio nunca pesa, siempre y cuando uno no intente compararse con él. Es más, leer a esos autores constituye una escuela de humildad decisiva en la formación de un escritor. La ambición de Dostoievski, la atmósfera de Conrad, la inteligencia de Kafka o la ósmosis que Camus logra entre belleza y verdad son privilegios irrenunciables. El riesgo, no obstante, está ahí. Cuando uno accede a esos magos, la infección es siempre una promesa. Porque hay libros que todo lo contaminan. Y una voz impostada, en literatura, cotiza poco. Lo digo por experiencia.

P-. Su obra en general y La ofensa en particular conjugan una historia, una narración, con una precisión en el lenguaje y una construcción del edificio de su novela exacto en cada detalle. ¿Su importancia es la misma o se retroalimentan?
R-. Cuando trabajo en un texto jamás concibo su sustancia narrativa por un lado y su envoltorio por otro. Separar forma de contenido es algo que no acabo de comprender del todo. Aunque pueda parecer lo contrario, qué y cómo respiran en mi escritura de un modo bastante intuitivo, nunca me detengo demasiado a considerar cuestiones arquitectónicas. Cosa distinta es el lenguaje. Reconozco que la búsqueda de la palabra justa puede llegar a obsesionarme, aunque, sobre todo en mis últimos libros, nunca al precio de traicionar una idea. Mi escritura se ha depurado mucho en ese sentido. Hubo un tiempo en que pude sacrificar la claridad de una idea a la belleza de una imagen; ese periodo, afortunadamente, ha pasado.

P-. De formación filósofo, emplea como herramienta de expresión ante la vida y sus desórdenes, la literatura. ¿Por qué la ficción?
R-. El fracaso de los grandes sistemas filosóficos generó una gran decepción entre los pensadores. De pronto, tras la aventura hegeliana, el mundo se tornaba viscoso. La vida se dejaba tematizar, cierto, pero no se dejaba atrapar. La imagen del río de Heráclito resurgía con fuerza. El siglo diecinueve convirtió el pensamiento en un arma para transformar el mundo (yo, al menos, sigo en esto declarándome marxista) y con Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche, descubrimos que la filosofía podía ser una parte de la literatura, acaso la más bella. Hoy, sinceramente, creo que el pensamiento ha desistido de aprehender el mundo, pero que ha encontrado refugio en el arte. No sólo en la literatura, por supuesto. Yo diría que Francis Bacon, Andrei Tarkovski o Don DeLillo son los grandes filósofos de nuestro tiempo, porque han urdido mecanismos de ficción que no sólo interpretan la realidad, sino que la reinventan.

P.- El mundo está regido por la casualidad, dice el narrador de su novela. Llamamos destino a lo que nos aplasta, citando a Camus de nuevo. La casualidad, en cualquier caso, es un guionista bien irónico...
R-. Sin duda. Basta observar con cierta paciencia y escepticismo la vida, para darse cuenta del papel tan intenso que la casualidad juega en lo que concebimos y en lo que logramos. Cuando en mi adolescencia leí la Ética de Spinoza y descubrí que las causas finales eran un camelo, me convertí a la religión del azar.

P-. Y curioso también es el narrador de esta novela. La voz que nos cuenta a Kurt se pregunta en voz alta, responde o nos hace responder. ¿Sus novelas exigen esta presencia fuerte, reflexiva, del narrador para conducir la historia?
R-. El narrador en primera persona siempre me ha inspirado cierta desconfianza. Incluso aquellos ocasionales narradores en primera persona que he empleado, tienen un no sé qué de pequeños dioses que conocen la entraña del tiempo. En la distancia media del relato o más larga de la novela, y sin querer entrar en disquisiciones acerca de los géneros, me encuentro infinitamente más cómodo con un narrador que va y viene, deshace a su antojo, interroga, se esconde y reaparece, viaja de un siglo a otro y muestra el ojo ubicuo de la divinidad.

Alba González Sanz

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